La antipsiquiatría

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La antipsiquiatría

En la década de los 30 del pasado siglo, desde la psiquiatría se empezaron a emplear algunas prácticas que ya entonces resultaban controvertidas. Entre ellas podemos encontrar el electroshock (inducción de convulsiones utilizando electricidad, que se sigue utilizando a día de hoy), lobotomías cerebrales, uso de “fármacos” con efectos secundarios muy perjudiciales, etc.

Incluso retrotrayéndonos siglos atrás, podemos percatarnos de que venía gestándose una importante controversia por las condiciones en las que “los locos” quedaban internados en los “hospitales psiquiátricos”. Podemos hacernos una idea de cómo estas personas malvivían, a través de obras como “Corral de locos” y “Casa de locos”, que Francisco de Goya “retrató” a finales del siglo XVIII y principios del XIX respectivamente. Un diagnóstico de enfermedad mental, una reclusión en contra de la voluntad del paciente y un tratamiento pernicioso; todo ello sin tener en cuenta el estigma social que de esa etiqueta diagnóstica -incluso a día de hoy- se deriva.

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Francisco de Goya, (1974). Corral de locos.

El concepto de enfermedad mental implica por definición una etiología concreta, una causa orgánica que provoca dicha enfermedad. Es importante diferenciar este concepto del de “trastorno”, ya que éste sólo implica un desajuste o una adaptación deficiente al medio del sujeto. Es importante tener en cuenta esta diferencia para llegar a comprender el alcance de lo que surgió a finales de los sesenta: La antipsiquiatría.

El término lo acuñaría David Cooper, psiquiatra sudafricano, que junto a R.D. Laing, Thomas Szasz y Michel Foulcault, lideró un movimiento psicosocial y sociopolítico de salud mental. No eran pocos los que, con el paso de las décadas, consideraban que los términos como “enfermedad mental” o “esquizofrenia” entre otros, catalogan al paciente  y lo encasillan en un diagnóstico que influirá de manera determinante en su comportamiento, en el de su entorno y en su desarrollo como individuos. De manera especial, la antipsiquiatría critica de manera radical el concepto de “enfermedad mental”,  y aboga por una forma de terapia desde un punto de vista psicosocial. Esta corriente señala que la psiquiatría “medicaliza” problemas que son de índole social, que actúa de manera dominante para con los pacientes, violando sus derechos, que está comprometida con las compañías farmacéuticas y, sobre todo, que utiliza catálogos o sistemas de categorías diagnósticas como el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE). Estas etiquetas no sólo son rechazadas por muchos pacientes, que las consideran perjudiciales para con la identidad y la autoestima, sino también por muchos profesionales del ámbito de la salud mental.

Cooper aseveraba –influenciado por el marxismo– que la psiquiatría no era más que otro instrumento del capitalismo para reprimir a los que no sucumben al conformismo burgués. Otras vertientes del movimiento antipsiquiátrico, no tan influidas por la política como la de Cooper, directamente se oponían a los hospitales psiquiátricos. Intentaron, a través de una red de instituciones comunitarias de apoyo, integrar a pacientes en la sociedad. Ponían el respeto a los derechos de los pacientes por encima de todo, ya que consideraban que prima el verlos como a personas y no como a simples portadores de una mente enferma.

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El principal aspecto sobre el que se basa esta corriente es que un diagnóstico psiquiátrico implica una etiqueta que engloba a la persona en su conjunto, por lo que todo su entorno social se comportará de acuerdo a dicha etiqueta, con la consiguiente exclusión social que ello conlleva, una suerte de sambenito que perjudica la vida del individuo de manera significativa. La antipsiquiatría defiende con ejemplos que, usando la lógica de la psiquiatría, ante un linchamiento público, alguien que no participe de la violencia resultaría un enfermo mental y debería ser “tratado”.

En 1975, la novela “Alguien voló sobre el nido del cuco” y la posterior adaptación cinematográfica sensibilizó al gran público sobre estos temas (en ella se puede apreciar la medicación forzada, la lobotomía o el electroshock usados en las instituciones psiquiátricas). Durante los 70, el movimiento antipsiquiátrico estuvo implicado en restringir prácticas que consideraban “maltrato psiquiátrico”. Como ejemplo, se puede mencionar que el movimiento de derechos gay se manifestó en contra de la clasificación de la homosexualidad como una enfermedad mental, y en un clima de controversia y activismo, en mitad de los 70 la Asociación Psiquiátrica Americana decidió por una ligera mayoría del 58%, eliminar del DSM la homosexualidad como enfermedad.

El tema que trata esta corriente resulta de lo más controvertido y da mucho de qué hablar, según la revista científica Psicothema, la psicoterapia se ha mostrado menos eficaz que el tratamiento con psicofármacos tan sólo en el trastorno bipolar y esquizofrenia. En el resto de trastornos que se tuvieron en cuenta para la investigación, la psicoterapia se evidenció como el tratamiento más eficaz.

A día de hoy y en nuestro país, por desgracia, existe aún un estigma social importante en cuanto al tratamiento psiquiátrico e incluso psicológico. Hasta que alguien no asiste al psicólogo o al psiquiatra, no se da cuenta de que no tiene nada de extraño consultar con un profesional del ámbito de la salud mental, todo lo contrario. Huelga decir que la psiquiatría es una especialidad médica necesaria a día de hoy para trabajar numerosas enfermedades mentales, con competencias definidas y diferenciadas de otras disciplinas afines como la psicología. Pero también debemos mirar con perspectiva los avances que se han hecho desde el siglo XX hasta ahora y no quedarnos ahí. Debemos ser conscientes de que, incluso la OCU, se ha hecho eco de algunos datos interesantes: España ha aumentado en un 57% el consumo de ansiolíticos (benzodiacepinas) desde el 2000 hasta el 2012. El consumo español de este tipo de fármacos es cuatro veces el de Alemania. Estos fármacos crean dependencia y tolerancia, por no hablar del deterioro cognitivo a largo plazo, los efectos adversos de tipo psicomotor, comportamientos impulsivos, etc. En la comunidad de Madrid únicamente hay 4 psicólogos por cada 100.000 habitantes, frente a la media de 18 en Europa y 86 en Suecia. En cambio, en cuanto a psiquiatras, superamos en proporción a la mayoría de países de la Unión Europea. Es importante que tengamos en mente estos datos y actuemos en consecuencia. Un ansiolítico palia la ansiedad, pero no la soluciona. La solución implica esfuerzo y mejora de las habilidades de uno mismo; el tratamiento psicológico con terapia cognitivo-conductual o psicoterapia de este tipo de problemas, a pesar de no ser tan sencillo como tomar una pastilla, no tiene ningún efecto secundario.

 

J.Luis I.Puche

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