Carver y el alcohol o la redundancia.

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Tennesse Williams afirmó que el acto de beber está motivado por dos razones: estar muerto de miedo, o el no poder afrontar la verdad. No sé qué justificación eligió Carver. Quizá era una mezcla de ambas. Lo que sí sabemos es que su vida y su producción artística estuvieron maŗcadas por el alcohoł, tema recurrente en la literatura y adicción padecida - en mayor o menor medida-, por no pocos genios de las letras: Bukowski, Dostoievski, Hemingway, Poe, Steinbeck, Capote, Kerouac, Fitzgerald, Fante, Pessoa, Baudelaire, Wilde, Chandler, Duras, Faulkner… Y tras esta lista, os preguntaréis: ¿por qué Carver? Porque su historia es bastante anecdótica, ilustrativa y, sobre todo, porque la historia de Carver es la historia de la superación: logró salir de una adicción que existía como una prolongación de él mismo, un elemento intrínseco que influía en todo lo que realizaba. Y, salir de ti mismo, no es tarea baladí.

Carver se refugió en la literatura y el alcohol. Este último ya estuvo presente en su vida desde edad temprana, encarnada en la figura de su padre, Clevie Raymond, un trabajador en el aserradero, el cual pasaba su tiempo libre empinando el codo. Pasatiempo que se perpetuaría hasta en tres generaciones: abuelo, hijo (Raymond Carver), y nieta (Christine, o como la llamaba Carver: borracha hermosa). El alcoholismo de su prematura hija (fue padre a los 20), es el tema central de su poema “A mi hija”. Plasmo algunos versos:

“Llevas borracha tres días, me dices

Cuando sabes muy bien que la bebida es como un veneno

Para nuestra familia…”

 

“Hija, no puedes beber

La bebida te matará

Como acabó con tu madre y conmigo”.

Raymond Carver intentó reconducir la vida de su hija, evitando que continuase con la reprobable tradición familiar, impidiendo que se convirtiese, en definitiva, en él mismo. Quizá esperaba engendrar en la hija el coraje que él no tuvo hasta las postrimerías de su vida. Sí, supongo que él no quería que su hija siguiera sus pasos: atracar una tienda de licores, o salir a tomar unas copas con su amigo Cheever y amanecer en otro Estado. Tampoco desearía como padre que la borracha bonita se torturase, al igual que él, el hígado en una sucia residencia de la Universidad de Iowa, ni que desoyese las advertencias de su médico mamando en la misma noche brandy como si fuera Pepsi, a pesar del “como tome un trago más, se producirán daños cerebrales, señor Carver”. Qué vamos a hacer, es lo normal: todo padre intenta remendar sus errores con sus hijos.

Y es que Carver fue un grande: un gran borracho y un gran escritor, de los más influyentes de toda norteamérica en el siglo pasado. En 1973, un desconocido Cheever tocó en su puerta. ¿Tiene un poco de whisky? Le interpeló el joven. Cómo no, Carver, tembloroso y tímido, le proveyó de una botella de Smirnoff. Ese fue el inicio de una intensa relación: mujeres, alcohol, bares y la Universidad de Iowa, donde ambos impartían clases. En 1975-1976, su adicción tocó su punto álgido: al terminar el trabajo iba directo a cualquier bar, su matrimonio con Maryann era un desastre, siendo mermado por estrambóticos episodios de violencia, locura e infidelidades (incluso llegó a reventar una botella de vodka en la cabeza de su esposa) . Estuvo hospitalizado hasta en tres ocasiones, al borde de la muerte. Tras rehabilitarse, el 2 de junio 1977, a los 39 años, decidió acudir a Alcohólicos Anónimos (igual que su amigo Cheever). Justificó esa decisión alegando “creo que sólo quiero vivir”. En ese mismo año fue nominado para el Premio Nacional del Libro. En 1982 decidió poner fin a su ya frágil y destruída relación con Maryann, para emprender una con la poeta Gallagher, la cual conoció en una convención de escritores y la que publicó, estando ya muerto Carver, su obra póstuma: “Si me necesitas, llámame”. Quería comenzar una nueva vida.

Uno de los problemas que se suscitan en este recurrido matrimonio entre el alcohol y la literatura es el de identificar el estar ebrio con la creatividad (Ray Loriga, por ejemplo, escribió su mejor novela “Héroes”, totalmente bajo los efectos de alcohol). Podemos contemplar dos Carver diametralmente opuestos: el alcohólico (que bebía para vivir y escribir), y el Carver abstemio, el cual afirmó:

“Recuerdo que tenía la impresión de que era muy posible que no volviera a escribir nada creativo (...) Sobre todo estaba tan agradecido por haber recuperado la salud, la vida, que lo cierto es que no me importaba gran cosa si volvía a escribir o no (...)”

“Nunca escribí una frase que valiese la pena mientras estaba bajo la influencia del alcohol”

La literatura en su vida fue un arma de doble filo: por un lado, Raymond concebía al acto de escribir como consecuencia del acto de beber. Si dejaba el alcohol, como reconocía, un desasosiego le inundaba su interior, quizás se esfumara la creatividad y consecuentemente la escritura, tirando a la borda su granjeada fama de “El Chejóv americano”. Sin embargo, creo que a la postre la literatura fue un elemento relevante para poner fin a un oscuro túnel de vicio y jaula, de capítulos de violencia y locura, a través de la evasión y la visión de Unidad que le otorgaba la misma.

No fue fácil salir del alcohol, claro está. Una racha de escasa producción artística aconteció en su vida: apenas podía escribir un par de versos en ese periodo de mudanza hacia un nuevo porvenir. La terrible preocupación, la inexistencia de escritura sin alcohol, parecía sustanciarse. Sin embargo, esa inquietud se relegó a un segundo puesto; la batalla se libraba entre su voluntad y los tentáculos del alcohol. Como escribió en una carta dirigida a un amigo, Hallstrom:

“Recuperé mi capacidad de escribir, sí, pero lo hice lenta, muy lentamente (...) El cerebro se te revuelve de tal modo, que tardas una eternidad en volver a tomar las riendas de las cosas (...) Durante el primer mes de haber dejado la bebida, me sentía absolutamente enloquecido casi todas las mañanas, al despertar (...) Sentía que había desperdiciado años y años que jamás podría recuperar (...) Siga bien, no beba. Piense en mí si alguna vez le entran ganas de tomar un trago. Sé que si yo puedo contenerme y no beber, hay esperanza para casi todo el mundo. He sido el peor caso de alcoholismo del planeta.”

Carver llegaría a afirmar: “he olvidado la mayoría de lo que me ha pasado en la vida (...) Quizá por eso se ha dicho que mis historias no tienen adornos, que son austeras”. Todo relato que he leído de Carver me ha producido igual sensación: he agarrado algo, pero no sé muy bien el qué , y eso es consecuencia del minimalismo, motivado por su casi continuo estado ebrio, que fecunda en su obra, además de la finalidad de los mismos: generar cierta incomprensión, desasosiego, una mirada de soslayo. Hace del lector parte activa, pues es él quien debe dilucidar, no lo que se dice, sino lo que se quiere decir, como diría Umberto Eco, pues sus historias son como un iceberg: 99% se dice sin decir, y es el lector quien debe articular el trasfondo de lo meramente superficial y escueto. Labor compleja dada la sobriedad de su narración. Creo sinceramente que existen dos tipos de escritores: los que se entienden con el intelecto, y los que se comprenden mediante el sentimiento y las sensaciones. Carver pertenece al segundo tipo. El lector debe prescindir de razonar y enlazar lógicamente el argumento de sus relatos, de establecer un nexo causal entre lo que debería suceder y lo que acaba aconteciendo, pues los relatos se erigen sobre una contradicción, eso sí, una contradicción con apariencia de coherencia y verosimilitud (“Dile a las mujeres que salimos” es una prueba tangible de ello.

La magia de Carver radica precisamente en esta cuestión: transmitir como verdadero lo que no es, explicar los patrones de funcionamiento de la realidad y el ser humano a través del arte de lo falso, la irracionalidad y la exageración. Como afirma Baricco en relación con la obra del autor americano: “cada relato es un esbozo de una revelación inquietante sobre la realidad”. Además, cabe resaltar el poder que subyace en la prosa para cultivar en el lector los sentimientos que cercan a los personajes: soledad, indefinición, vacío, hastío, insatisfacción, fracaso, culpa, impotencia, descontrol, además de mostrar los límites relativos a la comprensión del sentido último de las cosas. Cada relato es como un cuadro de Hopper. Sus frases están cargadas de elementos visuales. Y de whisky, mucho whisky.

Su obra no deja de ser una biografía narrada. Él mismo lo reconocía: “cualquier gran escritor elabora un mundo en consonancia con su propia especifidad”. Personajes que, como él, se encuentran en un estado de pérdida del yo constante, escapando de una realidad sucia y una vida cargada de fracasos y errores, en perpetua fuga a través del Vicio, conscientes de la fugacidad del amor y con temor a la muerte. Como diría mi estimado Ray Loriga, personajes con sus pequeñas desgracias cosidas bajo la falda y con la sensación de ser todos ellos un negocio que siempre va cambiando de dueño. Por algo su estilo es el realismo sucio, y su generación la Generación Perdida (o Generación Mojada, cómo no, por el alcohol). A mi juicio, Carver utilizaba la literatura como herramienta de expiación, objetivizando sus inquietudes y fracasos en personajes, socializando su yo subjetivo para tratar de ver desde fuera, de manera ajena e impersonal, lo que era íntimo y tristemente genuino. Ello se ve claramente en sus escritos: todos los protagonistas de sus relatos (seres alienados, extraños y perdidos en un orden social y vital) son Carver. Hizo de su vida, ficción. Hizo de lo sucio y ordinario, literatura, poesía y teatro.

El alcohol, como sabemos, es un elemento crucial en su obra: actúa como herramienta para socializar (lo que sucede en “Catedral”), así como para crear tensión pero sobre todo, como medio a través del cual los personajes se desprenden de sus corazas, mostrando su verdadero yo (deseos, inquietudes, fracasos, miedos, penas…). Así sucede, por ejemplo, en uno de sus relatos más célebres “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, donde la ginebra permite a Mel conversar sinceramente sobre la transitoriedad del amor y la permanencia de la muerte. El alcohol es, en la literatura carveriana, un puente que acerca al sujeto a la realidad y al conocimiento de la verdad del yo individual. En cualquier caso, el alcohol se concibe como un factor constructivo en su obra, capaz de dar valentía a los cobardes, de ser arma para escudarse del tedio vital, de mitigar los errores vitales y de introducir, al menos por unas horas, a sujetos alienados y ajenos en la estructura social, en el acontecer de lo circundante, además de consolidar la identidad de los mismos. Nunca mostró El Chejóv americano al alcohol como lo que verdaderamente fue en su vida: el enemigo más destructivo.

Algunos dicen que Carver hubiese sido un escritor notablemente mejor si no se hubiera dedicado al oficio de la bebida. Creo que es una estupidez pensar eso. Todos somos nuestros errores y nuestros vicios. No podemos renegar de una parte de nosotros. Carver, en todo caso, habría sido un escritor diferente. Pero, entonces, ni Carver sería Carver, ni yo hubiera escrito lo que he escrito. Al menos dejó la bebida como el que deja de creer en Dios: perdiéndole el miedo a la verdad y al mundo. Su último fragmento escrito es una prueba fehaciente de ello:

“And did you get what you wanted from this life, even so?

I did.

And what did you want?

To call myself beloved, to feel myself beloved on the earth.”

 

Álvaro Sánchez Góngora (Álvaro Haller)

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