Colleja para los festivales

vlcsnap-2015-02-23-23h31m12s67Este verano he tenido la suerte de poder asistir como público a varios festivales importantes  (y no tan importantes) que han tenido lugar en nuestro país. He disfrutado como el que más, he conseguido estar en primera fila en “ese” concierto y me he perdido alguno que otro por un despiste o porque la aglomeración de personas para un recinto que se queda pequeño, no me permitía llegar. Alguien me dijo una vez que si me trataban como a ganado, topase. Pues aquí va mi embestida.

Parece que a España le ha entrado la fiebre de los festivales, aunque a estas alturas la cosa apunta a que nuestro país ya se ha tomado un par de antipiréticos. Han sido varios los festivales que han sido suspendidos, el  Territorios Sevilla es un claro ejemplo de este golpe de la realidad. ¿El motivo? Podéis haceros una idea, es lo que mueve el mundo. Y es que parece que la mayoría de festivales, a pesar de ingresar millones de euros, no pueden ni pagar a trabajadores. Pero ¿quién necesita trabajadores si tiene voluntarios?

No serían ni las once de la noche cuando me acerqué a la barra a pedir una copa de vino en uno de estos festivales, el que voy a tomar como ejemplo y de cuyo nombre no quiero acordarme. La chica que me atendió tenía dificultades para descorchar la botella, así que me fijé en la etiqueta que colgaba de su cuello: Voluntario. Le pregunté si todos los que estaban ahí trabajando eran voluntarios, a lo que me contestó con un “claro”. Me picó la curiosidad e indagué un poco más. Al parecer, la remuneración de estos voluntarios es una “fiesta privada” (que de privada tenía poco) y toda la bebida que quisieran –o pudieran– beber. Bravo. Un aplauso, por favor, para los organizadores. Los mismos que se quedaron con más de diez euros en la pulsera “inteligente” de una de las amigas con las que asistí a este evento. Resulta deleznable que, además de cobrarte por dar uso a la pulsera –porque claro, los tokens son el pasado– no te devuelvan el dinero que no has gastado. Pero oye, ahora tienes una bonita pulsera con un chip que guarda en su interior un pequeño tesoro. Me imagino a los organizadores realizando un brainstorming para reducir costes y al lumbrera que dijo “En lugar de un sueldo, que se harten a alcohol, total, si no atinan a cobrar por estar hebrios, el dinero se va a quedar en la pulserita”

Al margen del tema de los voluntarios, me llama la atención que ese mismo festival, proclame a los cuatro vientos una mejora en los baños del recinto pero a la entrada de éste (sin que te cacheen siquiera, con una falta de seguridad interesante) haya un pasillo donde gran parte del público porcino –porque no tienen otro nombre– miccionaba de manera constante. ¡Teniendo aseos a veinte metros! Un caluroso aplauso para estos puercos que alegraban la cena a los valientes que se atrevían a comerse un trozo de pizza a precio de oro, a escasos metros. Os podéis imaginar el olor que, con el calor, desprendía aquella zona. El problema se habría solucionado poniendo a un par de seguratas a espantar a los animales de la piara que se pudiesen acercar allí a hacer sus necesidades.

Y ya que hablamos de aseos, por qué no hablar de las duchas del camping. Un chaval hasta se rompió una pierna; espero que esté demandando a los del brainstorming, que también tuvieron la brillante idea de poner una plataforma de palés encima de un terraplén como entrada a la ducha. Salías con la toalla y el gel, como un equilibrista y a los dos minutos ya estabas envuelto en la tierra que levantaban los camiones –lo mismo los conducía Jason Statham– pasando a vaciar contenedores. Porque eso sí, los contenedores los recogían muy a menudo. Pero vamos, que ese problema con el polvo en suspensión se soluciona con un pequeño camión rociando de vez en cuando con agua el suelo; acontecimiento que tuvo lugar una sola vez durante los cuatro días que yo estuve en el camping. El agua se la estaban guardando para que Protección Civil rociase a la gente en los conciertos del medio día. La gente de Murcia se subía por las paredes al presenciar tamaña barbaridad, pero es que al parecer ese año los toldos salían muy caros, y dicen las malas lenguas que llegaron a un acuerdo con las tiendas de chinos para convertir aquello en una fiesta de pistolitas de agua.

Tampoco tenía desperdicio alguno “el bar”, lugar en el centro del camping donde la horda de asistentes se apelotonaba de buena mañana con calor y resaca a pedir un café, un bollo o algo para comer. Cuando compré la entrada, me fijé en que ponían “precios populares en el bar del camping”. Tengo que actualizar el concepto que tengo de “precio popular”, porque cinco euros por un bocadillo de no más de diez centímetros de largo, muy popular –al menos en mi pueblo– no es. El mismo precio que costaba un plato de macarrones. Pero un plato de café. Os lo prometo, era un pequeño cuenco de un par de centímetros de alto y unos diez de ancho. Pero eso sí, ahora tienen más presupuesto para el año que viene y quizá puedan contar con alguien más en ese grupo de brainstorming para proponer y llevar a cabo ideas como las que vengo señalando en este artículo.

J. Luis I. Puche

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