CURAS Vs. BICHOS

Locust

¿Existe alguna relación entre estos dos paradigmas de lo abyecto y lo grimoso? Dejadme que os cuente una historia…

Me encontraba en un salón decorado con relojes que son panes barnizados leyendo muy tranquilamente con CMTV de fondo. Se trataba de una lectura ligera que incluía la trascripción del formulario que el muy noble Marqués de la Ensenada hizo rellenar el 24 de marzo de 1752 a los pocos habitantes de la localidad en la que se encontraba el mismo salón en el que yo estaba. Dentro de este curioso cuestionario de veintidós preguntas topé con una expresión totalmente ajena a mis humildes conocimientos de bar. El documento hacía referencia a 87 reales que el consejo del pueblo gastaba “en salir a conjurar a la oruga del monte, incluso los derechos que se pagan del cura, sacristán, y refresco que se dan a estos, y a la justicia que asiste”[1]. Esta expresión en un principio me pareció una de las muchas que se usa como sinónimo de ausentarse para descomer del tipo “me voy a pasar de lo abstracto a lo concreto”, pero 87 reales me seguía pareciendo un precio muy sospechoso para tener que ir a cagar. La expresión para mi sorpresa llevaba detrás una interesante historia de insectos, religiosos desesperados por un refresco y magia blanca.

¿Porque nos dan asco los bichos pero dejamos que los curas confiesen a nuestros hijos?

Bien, si partimos de la frase en concreto que llamó mi atención, por partir de algún sitio, podemos afirmar con toda seguridad que la “oruga del monte” era un término genérico que se usaba para múltiples variedades de gusano[2]. Conjurarla no era otra cosa que la liturgia que trataba de evitar, por medio de ritos y exorcismos, las horribles plagas que asolaban el mundo agrícola desde el Neolítico.

Efectivamente, desde la que nuestro amigo y vecino Spiderman, quiero decir, Gordon Childe, llamó la “Revolución Neolítica”, los humanos empezamos a tenerle tirria a estos pequeños animales contra los que disputábamos los alimentos que tanto tiempo nos costó domesticar (más de 7.000 años para ser casi exactos). Mientras, adorábamos a todos aquellos que saltaban y volaban grácilmente por el campo y que solo estaban ahí para proporcionarnos cosas buenas, bonitas y baratas[3]. Así fue como los insectos con su enorme capacidad reproductora y destructiva aterrorizaron desde tiempos inmemoriales a la población agrícola.th

Poco a poco, como quien te mete un dedo frio por el culo sin que te des cuenta, la idea del ser supersabio que podía cosas que nosotros no podíamos empezó a ponerse muy de moda. Así nació Dios, con mayúscula. Le pusieron forma de hombre, le dieron poderes infinitos y ¡a correr!

Nos encontramos ante un punto importante de inflexión en nuestra relación con los bichos. La Biblia, entre otros bestsellers,  dejaba muy claro que los insectos eran cosamala. Como bien dice el antropólogo Rodríguez Molina: “A partir de aquí, enfermedades, pestes, alteraciones meteorológicas, plagas, etc. no fueron más que manifestaciones de la cólera de ese ser superior que castigaba la falta de sujeción y mal comportamiento de la especie humana.”[4]

Pero, si nos adelantamos de golpe miles de años, encontramos una época en la que alguien se hizo igual o más popular que dios, tanto en nuestro país como en toda Europa (blancocentrismo). A partir del siglo XIV, las pestes, los miedos escatológicos, las guerras entre nuevos estados y demás calamidades pusieron en primera línea a un personaje hasta entonces secundario. Efectivamente estamos hablando de Satán, el becario de dios (ya que, al fin y al cabo, obedecía órdenes, no cobraba y se llevaba la culpa de todo). En contexto, las plagas y los insectos no eran más que las herramientas de este simpático personaje para hacernos pagar por nuestros terribles pecados.  Como afirman López Cordero y Aponte Marín: “el demonio es el instrumento que las conduce [a las plagas] o está detrás de tales calamidades y desastres. De aquí el papel tan destacado de los exorcistas, cuya misión consiste en ahuyentar a las potencias del mal”[5]. Se nos fue de las manos. Habéis oído bien amiguitas, ¡exorcismos! Ahora estamos hablando.

¿Cómo puedo deshacerme de estos malditos insectos padre?

Desde este mondongo moral llegamos por fin al siglo XVII. Toc, toc ¿Quién es? ¡La Contrarreforma! La iglesia está evangelizando todo lo que se mueva, la  aculturación comienza, se adaptan ritos hasta entonces paganos, se santifican los ídolos, y el catolicismo institucional se empieza a llevar debuti con el catolicismo más supersticioso de las clases bajas.  Aunque la gente no es gilipollas y recurria a otros métodos más empíricos, los conjuros contra las plagas fueron una herramienta de control más de esté catolicismo hambriento de fieles.

Así, comienza la caterva de hechizos, conjuros, liturgias y demás intentos de parar al maligno y a sus minions que se comían la cosecha y nos dejaban con un palmo de narices.

Como hemos venido a aprender vamos a facilitaros una de las recetas para deshaceros de esos malditos bichos que os dejan sin tomates, en este caso la hemos tomado del practiquísimo “Libro de conjuros contra tempestades, langostas, pulgón, cuquillo y otros animales nocivos que dañan y infestan los frutos de la tierra”, allá va:

-Antes de realizar el conjuro díganse tres misas. Una a la santísima trinidad, otra la cruz de mayo (si se está setiembre a la de setiembre), y la última a la septuagésima. Acordándose siempre de San Gregorio patrón de estas mierdas.

- Mientras se dan estas misas preparar una cruz grande con olivo y palma bendita, y que esté presente en la iglesia durante la ceremonia. Después la utilizaremos para el conjuro. En ella se inscribirán las siguientes letras: SCVIFOAVLTIRDAQSPEVMPLIIChristiVincit.

- preparar un caldero con agua. Para echar a los bichos dentro en el momento que lo diga el conjuro.

- Un brasero con brasas. Para echar a los bichos dentro en el momento que lo diga el conjuro.

- PARA EL CONJURO EN CUESTIÓN: Vaya al sitio más alto de la localidad con la cruz grande y demás utensilios anteriormente citados, reserve su tiempo desde las cuatro de la mañana hasta el mediodía y elija uno de los ocho conjuros que le brinda el libro. Nuestro favorito es el siguiente:

[Dígase en latín] Por la santa e individua Trinidad y por la sacrosanta sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y por su admirable nombre, ante el cual todo ser dobla la rodilla, tanto celestes, terrestres y de los infiernos, yo, en calidad de ministro y sacerdote de la Iglesia Católica, (aunque indigno) os conjuro + expulso y estrecho Aplión, Behemot, Belcebú, jefes y guías de todas las langostas (o de otros animales) con todos vuestros compañeros y satélites, para que al momento y sin dilación alguna salgáis de este término y de todos los términos de esta ciudad y expulséis totalmente todas las langostas y todos los otros animales que debastan y comen los frutos de la tierra y los sofoquéis en lo profundo del mar o los oprimáis en sus propios lugares, los pisotéeis, aniquiléis y exterminéis totalmente, de manera que no quede vestigio alguno de su semilla ni de ellos y no pongáis medio alguno para la regeneración o conservación de tales animales, sino que, por el contrario, los extingáis absolutamente y os mando esto por el inefable misterio de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, que si aún permanecéis rebeldes, de acuerdo con vuestra bestialísima costumbre, seáis malditos en la condenación eterna, donde no disfrutéis de descanso alguno, y seáis cocidos en el fuego sulfúreo del infierno y sumergidos en el estanque de fuego eterno y aumente Dios sobre vosotros todo género de tormentos, que hayan sido creados. Amén.

- ¡Y listo! Ya se ha librado usted de esos molestos insectos que le hacen pasar hambre a usted, a su familia y a todos sus vecinos. Y por el módico precio de 87 reales, lo que en la actualidad equivale a 565,50 heypos.

Esto desembocó en Starship Troopers.

Gracias a Satán tenemos a Gregor Samsa, a Hank Pym, Seth Brundle, Peter Parker y demás personaje tan ficticios como la biblia que tienden puentes entre nuestros amigos los bichos y la humanidad, aunque la iglesia pretenda lo contrario. Como dice la jota:

 “gorriones, mosquitos y frailes,  dios me libre de aquellas tres cosas, que los gorriones se comen el trigo, los mosquitos se beben el vino y los frailes corren a las mozas”

langostas

Autora: Juan Montón Montón



[1] Rodríguez Albarrán, E., Montesclaros, quinientos años de vida, Talavera de la Reina, Ébora, 1984
p. 78

[2] Sanz Larroca, J.C., Las respuestas religiosas ante las plagas del campo en la España del siglo XVII, España, Universidad Nacional de Educación a Distancia . Facultad de Geografía e Historia. Departamento de Historia Moderna, 2008

[3] Rodriguez Molina, J. Los Insecticidas en la etapa precientifica, Gazeta de Antropología, 2002, 18, artículo 06 · http://hdl.handle.net/10481/7389

[4] Ibidem

[5] Juan Antonio López Cordero y Ángel Aponte Marín, Un terror sobre Jaén. Las plagas de langosta XVI-XX, Jaén, 1993, págs. 70-72

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