El miedo al vacío de una mente artista

A veces la moral y el arte se enfrentan. ¿Podemos valorar una obra aún sabiendo que su autor ha abusado de menores?

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Es el caso de Adolf Wölfli (1864-1930), un dibujante, compositor y escritor suizo conocido por ser uno de los máximos exponentes del art brut (corriente artística en la que las obras están realizadas por personas que nunca han recibido ninguna noción artística ni tienen ningún contacto con el mundo del arte).

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Wölfli pasó su infancia en diferentes orfanatos tras perder a sus padres con tan sólo 10 años. Él también fue un niño que sufrió abusos sexuales; conducta que normalizó y repitió en su edad adulta. Éste fue el motivo por el que lo condenaron, primero a una pena de cárcel y luego a un centro  psiquiátrico en Berna -Waldau-, en donde estuvo aislado debido a sus alucinaciones y conductas violentas.

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Así hasta que cogió un lápiz y comenzó a plasmar su complicada mente en dibujos. Cientos de dibujos. Un par de lápices por semana fue la solución para controlar su conducta, bajo la amenaza de no darle su “cartilla de racionamiento” si era violento.

Utilizaba sus lapiceros hasta tocar el papel con sus dedos y a veces conseguía más intercambiando algunos de sus dibujos por lápices de los visitantes.

Sus obras llamaron la atención de los médicos y personal del centro.

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Su psiquiatra de cabecera Walter Morgenthaler estaba tan impresionado por su destreza que publicó Ein Geisteskranker als Künstler (Un paciente psiquiátrico como artista) en el que argumentaba como una persona mentalmente enferma podía ser un gran artista. Morgenthaler se convirtió en su mecenas, en su primer coleccionista y en el propulsor de un museo con su obra en Berna.

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Sus dibujos dejan ver su “horror vacui”, es decir, su horror al vacío. Todo el papel está dibujado, apenas quedan espacios, ni siquiera en los márgenes. Y si quedaba alguno lo ocupaba con agujeros: lo que él llamaba sus pájaros. La obra de Wölfli es densa, llena de formas extrañas y colores. Un sin parar de dibujos como representación en papel de su propia personalidad.

Wölfli también comenzó a redactar una semi-biografía con miles de páginas e ilustraciones, en la que mezclaba acontecimientos de su vida con otros que imaginaba:  comenzaba siendo un niño para convertirse en el ‘Caballero Adolf’; luego era el gran ‘Emperador Adolf; y finalmente se convirtió en ‘San Adolfo II’. Así, reflejaba una evolución de su persona o, quizá, un trastorno narcisista.

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En el papel también plasmaba música. Dibujos mezclados con pentagramas y notas musicales que interpretaba con trompetas de papel y que sólo él parecía entender. Al lado de éstos, escribía las instrucciones para interpretarlas, pero incluso las propias instrucciones son difíciles de descodificar. A día de hoy, nadie ha conseguido tocar una obra entera de Wölfli; el que ha sido llamado alguna vez “el Leonardo da Vinci de la inteligencia disociada”: un hombre moralmente monstruoso pero artísticamente brillante. Una relación bastante común en el mundo de la creatividad y el arte. Entonces, y volviendo á la pregunta inicial, ¿podrías admirar á Adolf Wölfli?

Begoña Santaella

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*Las imágenes de sus cuadros son hoy en día de dominio público.

 

 

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